Aquí os adjunto un análisis sobre el debate de la 2, "¿Tenemos la televisión que nos merecemos?" que hice para una asignatura de clase. Espero que os guste, o que os disguste pero, sobre todas las cosas, espero que comenten.
¿Tenemos la televisión que nos merecemos?
Por un lado están los que creen que la parrilla televisiva está decidida por y para los medios y las grandes empresas; que buscan la mayor rentabilidad de sus contenidos y que abogan por la mercantilización de la información.
Por el otro, los que piensan que la televisión se va a adaptando a las exigencias de las audiencias; que las parrillas televisivas van evolucionando en la misma medida en que sus públicos lo hacen. Estas personas también hacen una clara separación entre la finalidad de cadena privada a la de una cadena pública, aunque sin hacer referencia nunca a la manera de subvencionarse de cada una de ellas.
Otros hablan de un tele espectador con plenas capacidades de decisión a través de su mando a distancia, sobre lo que quiere y no quiere ver en televisión.
Frente a este entramado de cuestiones, inevitablemente surge la pregunta, que da pie a este debate: ¿Tenemos la televisión que nos gusta o la que nos ponen?
Abriendo el debate, José Manuel Lorenzo, defiende la postura de que, gracias a la pluralidad y al inmenso abanico de canales de televisión, el espectador tiene la posibilidad de conseguir el programa que más le guste. Por su parte, Javier Sádaba rescata el tema de la “pluralidad” en la televisión, alegando que éste es un claro tema pendiente en España donde, en la actualidad siguen existiendo muchos temas tabú que desembocan en la ausencia de debates con ideologías encontradas. Éste mismo, recuerda también, la obligación primera del Estado a educar a sus ciudadanos: “Los poderes públicos tienen una responsabilidad fundamental y, en democracia, esta responsabilidad es la de ofrecer cultura y preparar a la gente, y creo que eso no se hace en España, y se desaprovecha de manera extraordinaria la televisión”. Sin embargo, Sádaba no resta responsabilidad a los propios ciudadanos, quienes tienen el poder de cambiar o apagar la televisión.
Por su parte, Mariola Cubells hace hincapié sobre la enorme responsabilidad que tienen los medios de comunicación sobre los diferentes contenidos ofrecidos y resalta las “intenciones perversas”, tal y como ella las llama, de los medios para crear programas que les garanticen el éxito entre los espectadores. También habla de los televidentes como entes completamente distintos y capaces de decidir sobre lo que quieren y no quieren ver pero también, agrega la excepción a la regla: aquellas personas que, por motivos sean culturales o de la índole que sean, no están capacitadas o preparadas para alejarse de los productos de masas y orientar su decisión de ocio hacia otras vertientes. Personalmente, me encuentro bastante cercana a los argumentos ofrecidos por Cubells pero, discrepo en que la culpa del bajo nivel cultural de algunos sectores de la población sea por completo de los medios. Creo que cada persona es libre de prepararse y de dirigir sus aficiones hacia lo que más le guste. También creo que la educación al ciudadano va más allá del papel que pueda ejercer la televisión y entra, completamente, en terreno de políticas de Estado. Aparece entonces la cuestión: ¿quiénes son los responsable de la educación de las personas? Los medios, la familia, el Estado, la sociedad: ¿quién es el verdadero responsable o es una actividad en conjunto?
Una voz contraria al discurso de Cubells es la de Víctor Amela quien alega que el argumento de “los televidentes, pobrecillos, que son engañados día a día por las grandes cadenas de televisión” es un argumento desfasado y antiguo en el tiempo. Amela, completa su argumento alegando que “por qué no nos preguntamos si el cine es el que nos merecemos, o el teatro, o los tebeos o, inclusive, el tiempo” (Esto último del tiempo yo lo encuentro completamente absurdo, pero más allá de este comentario, creo que no tiene nada que ver. La televisión está en nuestro hogares; ya es parte del inmobiliario y, la única opción de manifestarse contra ella, como lo podemos hacer frente a la industria del libro o del cine, es básicamente no tenerla. De cualquier manera, la televisión ofrece una limitada cantidad de contenidos entre los que podemos escoger. Más allá de ellos también podemos escoger comprar canales de pago pero, los libros, por ejemplo, o el cine, lo elegimos nosotros.
Susana Alosete agrega al debate la cuestión de que, más allá de que tan culpable es el espectador como las cadenas que producen los contenidos, no debemos olvidar a los anunciantes que son los que financian y, por tanto son un ente importantísimo a la hora de decisión sobre unos contenidos u otros.
Cuando el debate se lanza a la calle, varias personas rescatan el término “televisión basura” dentro de la que incluyen, casi exclusivamente, a los programas de cotilleo y prensa del corazón. Uno de los entrevistados exige más contenidos para “gente un poco más preparada”, en base a lo cual yo recataría de todo este debate, la importancia (casi absoluta, según mi opinión) de mayor pluralidad en los contenidos televisivos. Ahora y más aún tras la fusión de grandes cadenas, los contenidos se han ido homogeneizando de tal manera que las opciones se han ido estrechando cada vez más y las franjas horarias se han ido unificando, limitando cada vez más la elección del ciudadano a 1 o 2 formatos típicos. Tal y como Ramón Colom afirma, “uno de los graves problemas que tiene la televisión en nuestro país es que la decisión de los contenidos está en manos de tres personas”.
Lo que llama mucho la atención es que, si entre las 12 personas que han entrevistado, toda se ha presentado en contra de la programación habitual de las grandes cadenas (algunas pocas han sacado solamente a TVE de sus generalizaciones) entonces, ¿Cómo es que estas televisiones presentan tanta audiencia en los estudios? Será entonces que, ¿La gente sí ve estos programas pero frente a cámara se avergüenza de aceptarlo? O ¿Realmente no ven estos programas? Y si, esto es así, basándonos en esta proporción de entrevistados y extrapolándolo al total de la sociedad, entonces: ¿De dónde salen los datos de audiencias arrojados año tras año por el EGM?
Alrededor de este concepto de “televisión basura” existe unanimidad en que se refiera a los llamados programas de cotilleos. A la par surge la cuestión de si los contenidos que se tratan en estos programas deberían ser regulados.
Concuerdo con Sádaba, cuando afirma que la mayor carencia (o ausencia) en la televisión actual, es de CREATIVIDAD. Cuando hablamos de creatividad a la hora de crear nuevos contenidos, no hablamos necesariamente de crear contenidos eruditos, sino a encontrar el punto medio para educar al espectador y ofrecerle contenidos de calidad en un formato accesible para todos lo públicos.
Al debate aflora también, la imperiosa necesidad de tener unas leyes que regulen la manera de hacer televisión. Leyes ausentes en España y presentes en casi toda Europa. Finalmente el debate cierra con unos tertulianos fijos en sus posiciones originales y, con la peliaguda cuestión que se nos presentaba al principio, todavía en el aire.
Claudia Rodríguez Aristigueta
